jueves, 4 de septiembre de 2008

El apagón

Caminando bajo la lluvia desde Rivera Navarrete hasta la primera cuadra de Camino Real no fue difìcil para mí. Siempre me ha gustado la precipitación fluvial desde que conocí su verdadera fuerza en la selva.

Ese entonces, setiembre del año pasado, me paré en el medio de la cuadra 7 de la avenida Angaíza, muy cerca a la Plaza de Armas de Rioja, y estiré mis brazos mismo Jesús crucificado. La gente de la zona se sorprendía por mi reacción. Este joven capitalino nunca había sentido caer sobre su persona el líquido elemento de forma tan divina.

Bueno, regresando a mi periplo por San Isidro, llegué cerca de las ocho y tanto de la noche a 'La Calesa'. Un compañero del trabajo me recomendó probar el pisco sour que hacían ahí. Después de tomarme una algarrobina, le hice caso y para qué, me encantó. Y eso que no me gusta mucho esta bebida.

Me reuní con varios amigos. La crema y nata de Caras, Petroperú, Telmex, BCP y un profesor de la San Martín ajeno al cigarro y cualquier tipo de alcohol, junto a este humilde servidor, nos dimos cita para saludar a mi chata querida, (no de ron) Raquel Amasifuen.

Las carcajadas brotaban durante la conversación. Los rajes también. No recordaba tantas infidelidades, traiciones o romances fugaces desde hacía mucho tiempo. Y bueno, yo estaba al tanto de muchas, pero siempre a uno se le escapa un detalle.

Pasaban los minutos, no recuerdo qué hora era y de pronto, se fue la luz. La gente empezó a gritar y un palomilla de ventana sentado en la mesa de mi izquierda le metió la mano a la chica que cortejaba, muy parecida a Sofía Mulanovich según mi compadre Retto. La fémina literalmente saltó de su silla. Parece que esos dedos tenían agujas.

Las penumbras desaparecieron en parte cuando se encendieron las luces de emergencia. La oscuridad nos invitaba a abandonar el local. Como buenos pobres, la 'chancha' se recolectó. Al final Raquel tenía que sacar del cajero para entregarme una parte correspondiente. Madre mía, como diría Ollanta Umala en una pesadilla, nunca había caminado tanto por plata.

Embarcamos a las féminas en un taxi y con mi estimado Retto, nosotros también nos subimos a un station wagon para ir a casa. "¿Cuánto te tengo que dar Christian?", le pregunté. Moviendo uno de sus dedos índice de lado a lado me dio a entender que esta vez pasaría por alto dar una comisión. Después de todo, la lluvia, la caminata y el apagón no resultaron tan malos.


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2 comentarios:

Christian Reto Saénz dijo...

Todo bien Manuel Igreda, todo bien, pero mi querida empresa se llama CARAS y no no CASAS. jajaja.

Christian Reto Saénz dijo...

Todo bien Manuel Igreda, todo bien, pero mi querida revista se llama CARAS y no CASAS.