jueves, 11 de octubre de 2007

Plátano con maní o con queso

En mi viaje a Rioja llegué al río Tioyacu. Aquella preciosura de la naturaleza me acogió a tempranas horas de un martes. Sus aguas eran limpias y surgían de las profundidades de las tierra. Conocí su origen y parte de su trayecto inicial. Quice aventurarme en sus aguas pero la frialdad de estas me detuvieron en un primer momento. Paulatinamente fui hundiendo mi cuerpo hasta llegar a la altura de la cintura. Una roca al fondo del agua me asustó. La erosión en un juego del azar le había dado forma de serpiente. Afortunadamente no tenía una anaconda debajo mío.

Luego de disfrutar un poco del líquido elemento y sacarme el alma jugando voleibol, porque mis sandalidas no eran las adecuadas para moverse en esos terrenos aledaños, volví a la corriente y me sumergí completamente. Esa experiencia puedo calificarla como la más gélida de mi vida.

Tras dominar ese curso fluvial, divisé a una amable señora avivando unas brasas fuertemente con su abanico. Sobre ellas unos plátanos se asaban. Su aspecto me llamó la atención y su presentación también. Sobre unas hojas de bijao, aquel fruto despúes de expuesto a la parrilla era relleno con queso mantecoso y crema de maní. Mi paladar disfrutó de un típico manjar de la selva. Tal potaje fue deliciosísimo. Mis papilas gustativas me pidieron más. Tuve que satisfacerlas. Le faltaba manos a la señora para compensarme. Al final comí más de la cuenta porque como no tenía para darme vuelto de los primero cuatro que comí le dije que todo el dinero se convirtiera en esa vianda. Finalmente sé cuál es la razón por la que subí de peso en aquella bella ciudad de la región San Martín.

Pagando con la misma moneda

Hace poco una periodista de investigación fungió de mi infidente. Le conté mis sentimientos hacia otra persona, el aprecio que le tengo y mis deseos de decirle lo que siento.

Misma psicóloga, ella me recomendó que me aventara a decirle que la quería. Le increpé por ese consejo. Tal vez mi nerviosismo me delató. Le manifestó que no lo iba a hacer. Anteriormente, ella me había compartido sus sentimientos hacia una persona de su entorno. Suelto de huesos, "mándate" recuerdo haberle indicado. Sus ojos se abrieron más de la cuenta y me cambió de cara. Una sonrisa de "yo no puedo hacer eso" se formó en su rostro.

Como es no, ahora ella me expresa lo mismo. Ahora ella disfruta del comienzo de una nueva relación y espera muchos años por delante con su nuevo galán. A veces pienso que tiene tanto tiempo en su mente a ese muchacho que quiere poseerlo siempre a su lado. Así se empieza cuando uno está enamorado. Después uno se encargará de perdurar o acabar con esto.

jueves, 4 de octubre de 2007

Vamos al penal

Después de tiempo vuelvo a la carga, pero como reza el refrán, lo bien aprendido nunca se olvida. Además, tendré más descanso que mi anterior empleo pero también más responsabilidades. El entusiasmo me envarga a veces. Ello me hace recordar mi primera comisión. Ese entonces más delgado y adicto en extremo al tabaco volteaba notas para el diario 'El Tío'. Una mañana no estaba el hombre fuerte de policiales del diario y la directora me ordenó alistarme para cubrir un levantamiento de reos en el penal de San Juan de Lurigancho.

Cuando llegamos con la móvil, muchísima prensa estaba presente. En eso salió el Obispo de Chosica, intermediario de los presos con la Policía Nacional, para dar a conocer la lista de heridos. El sacerdote era altísimo. Cuando me puse a sus espaldas prácticamente me atapaba la luz del sol. En esa posición clave para un practicante escuché nítidamente los nombres de los infortunados. Ese día debí acabar media tinta de mi lapicero. Al último, mencionó al único fallecido en el motín. El padre del occiso estaba a pocos pasos. Todos las cámaras registraron aquel momento de sufrimiento.

No recuerdo cómo pero pudo conseguir la lista de heridos y afortunadamente divisé una librería con fotocopiadora. Esto no es mentira. Una fila de periodistas iba detrás mío. Me puse a pedir 10 céntimos a cada uno para tener copias para todos. Todos salieron contentos cada uno con su duplicado del documento. Cuando regresé a base, el jefe de policiales estaba terminando la nota. Había escuchado el desenlace de la reyerta en la cárcel por radio. Lo único que hice fue dejarle mi fotocopia. No sé francamente si le sirvió.

Yo no escribí la crónica roja publicada al día siguiente, pero el presenciar este hecho fue lo máximo para mí. Posteriormente empecé a salir más seguido de comisión.